La Pintura interior.

Las líneas del universo.

Lo saberes iniciativos, reflejados de forma mimética en las filosofías y religiones de la historia, presentes en ella desde las primeras civilizaciones, han definido secularmente ejes y líneas que rigen la formación de los seres y de las cosas.

Son los ejes del mundo, que generan sus centros y sus espejismos, las moradas filosófales identificadas por misteriosas formas geométricas y situadas geográficamente en significas localizaciones. Pertenecen todas estas realidades a un universo no clásico sino exótico, como el que ha conocido Vicente Brito desde su soleado caribe natal, pasando por su estancia norteamericana y terminando en su actual presencia

En la Granada del Albaycin, sin olvidar los lazos espirituales que le unen a Oriente.

Pues bien, estas líneas del universo, presentes y ausentes a la vista del espectador según su sensibilidad o su conocimiento son las líneas que aparecen y desaparecen de los cuadros del pintor; su presencia es insistente en toda su trayectoria, desde las geométricas composiciones de los primeros setenta, no exentas de una simbología inspirada históricamente hasta las costuras de sus ultimas arpilleras, pasando por los intermedio de pintura de componente matérica, en los que la misma textura del soporte y el empapado del acrílico define linealmente sus cuadros; pasando tan bien por esa sugestiva serie blanca, profunda en su concepción y sencilla en su expresión.

No hay, por tanto, en la pintura de Vicente Brito un soporte paisajístico, a pesar de que allá por el año 75 realzara una serie de cuadros de ciertas referencias cubistas que algunos pudieron parecernos tejados del Albaycin por cierta mimesis local. Tampoco hay una inspiración que parta de la naturaleza viva o muerta. Los colores utilizados no tienen un referente en el entorno. El ensimismamiento del artista es total. A ello se debe que el titulo de este artículo sea la pintura interior. Brito pinta el interior de sus propios cuadros.



La vida del pintor.

Es paradójico que la profesión de arquitecto de Vicente Brito no salga a relucir por ningún recoveco de su pintura, paradójico, sobre todo, porque aquí también se aparta de lo habitual. Los pintores arquitectos son tales, o más bien, arquitectos pintores.

La reverberación entre ambas actividades es fácil de establecer y a la vez cómodo. En muchos casos es inevitable: los pintores arquitectos valoran el volumen, la perspectiva, revindicado su formación o deformación profesional: es algo de lo que es complicado sustraerse. En este caso ocurre todo lo contrario. Brito manifiesta una trascendente inclinación a la pintura, al margen totalmente de su dedicación a su profesión universitaria; no establece conexión entre ambas esferas, su caso es definitorio en una doble vida en su acepción más concisa y menos morbosa.

Nos encontramos por tanto, no me canso de repetirlo, ante un ejemplo singular de artista, no adscrito a corrientes de opinión o a movimientos, de una independencia de actitudes y comportamientos poco común. Válida es su experiencia en la misma medida que lo pueda ser la de los pintores con apoyaturas críticas y comerciales que nunca sobran y que correctamente enfocadas son positivas en toda regla. Su vida ensimismada, su defensa de los valores espirituales de la pintura, su peculiar visión del mundo quizás se comprenda mejor no solo contemplando su obra, sino también preguntándose porque vive en nuestra ciudad, en la calle Zafra en esa casa renacentista frente al gran palacio árabe. O conociéndolo personalmente, tomando con el un aperitivo junto al Darro en presencia de esos individuos flotantes que rodean el lugar. O paseando Plaza Nueva arriba mientras se le oye decir: “nadie ha conseguido ver del todo - o algo que suene y diga parecido".

José María Rueda

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