En el negro



La oposición aparente de ambas series Blanca y Negra no es deudora tan solo del color -sea en su ausencia o en su saturación-; mientras que el espíritu de la serie en blanco está, en cierto modo, más cerca de una mirada a Malevich, la serie en negro tiene, a mi juicio, un vínculo interior con esa pasión del oriente que Brito confiesa, desde luego, una japoniserie, como no lo fue tan poco el gesto, negro sobre blanco de Kline. Pero creo, sin embargo, que es ante todo ese territorio mental donde cobra significación más cierta -positiva diríamos- esa negación que Brito adjudica al negro. Y negarse es, así otra forma de vaciarse, otro modo de consonancia con el grado cero, lugar natural que atrae cíclica e hipnóticamente, el alma del pintor.

Brito elude con acierto la tentación caligráfica más obvia que la consonancia oriental, el negro sobre blanco y el mismo papel que aquí sustituye a la arpillera, propiciaban. O, cuando menos, daba un sentido diverso, de negación y anulación de la subjetividad a su vez, a lo caligráfico. El gesto se auto diluye aquí en un fluir continuo, reiterado, - una vez y otra vez y otra vez…- hasta cubrir –anular, diríamos- la superficie potencial del blanco.

Sustituye así una uniformidad por otra, y en ese abandono, en ese dejarse ir en la unidad reiterada del pulso, vuelve de nuevo a aflorar, orden inconciente del vacío, una nueva trama estructural. El abandono se hace entonces otra forma de lo regular, el negro un reflejo, no tan antitético, que el espejo del tiempo devuelve impregnado de ecos del blanco, y en esa balanza ilusoria en la que se observan virtualmente los extremos aparentes de la introspección de Vicente Brito, ambas parecen al fin ajustarse fatalmente, blanco o negro, a la definición borgiana: el otro, el mismo.

Fernando Huici

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