La discipina de la niebla

Para Vicente Brito y su pintura.

Al principio eran la oscuridad y la pura materia lo que se vislumbraba bajo la geometría, bajo la voluntad de pintarlo todo y de ocuparlo todo y de erigir en mitad del espacio aquellas cornucopias y fulguraciones como de retablo cubista, planos de laberintos que se dilataban avariciosamente hasta los limites de la mirada y de lienzo y de los que nadie hubiera podido nunca escapar: máscaras, en el centro, como las calaveras no humanas de una fachada colonial y barroca, laberintos sagrados con minuciosos frutos espirales, invitación a la ceguera, a la deslumbrante geometría secreta que sólo percibe la locura. Pero bajo la colonización del espacio, en las zonas mestizas donde la pintura no cubría del todo el lienzo, había fragmentos de tachado y exaltado vacío, y en ellos, mas perceptible acaso para las yemas de los dedos que para la mirada, ya estaba esa materia áspera y esa firme oscuridad que más tarde crecería para dilatarse en todo, para ir borrando despacio las alegorías y los frutos hasta revelarse a si misma instituyéndose como motivo único de la pintura y aun de la negación de la pintura: era igual que esa niebla enmarcada por la ventana del estudio que fue cubriendo de azul el paisaje de la ciudad cuando vino la noche, cuando aparté los ojos de los cuadros para asomarme a ella y vi una cuadricula de apagados jardines, un alto castillo de sombra, el lejano púrpura de las ascuas de un brasero que alguien encendía abajo, en la calle, en el quicio de una puerta entornada, devolviéndome sin previo aviso, con el olor del humo, la sensación de frió y de tranquila claudicación de otros atardeceres remotos.

Era el mismo púrpura, la misma cualidad adivinatoria de la niebla, el malva granulado y dorado sobre la arpillera y los azules y rojos que invitan a la mirada a avanzar mas hondo, como si remontáramos un río, como si esas geometrías ahora veladas por la niebla fueran las desvanecidas luces y las formas de una ciudad portuaria a la que sólo llegaríamos cuando se hubiera cerrado la noche. Recuerdo el nombre de su ciudad, de un cuadro: Damasco, un azul de altas cúpulas, concavidad alzada sobre un resplandor de candelabros. Rojos unánimes que al acercarse a ellos revelan una delicada transparencia celeste que se vuelve amarilla en los bordes, como si la pintura y el espacio que las sustentan fueran estremeciéndose a medida que las pupilas se detienen en ellas, mas hondo aun y mas lejos, hasta que al final del último velo es a la mano y no a los ojos a quien le corresponde el trance de la indagación, esa otra delicia de percibir en los dedos la pura trama de la materia, el verdadero laberinto de los hilos entrelazados.

Entonces el color blanco se vuelve una exigencia moral, como el silencio en la música y la pagina vacía en la literatura: sobre el rectángulo blanco sucede una incisión o el severo trazo de un limite exactamente igual que una voz que llama a alguien en el silencio recién sobrevenido del anochecer; igual que sucede en la húmeda oscuridad de la calle esa mancha roja que se aviva un instante cuando el aire dispersa la ceniza que cubría las ascuas, levantando hacia nosotros un jirón de humo calido y un poco mas gris o azul que la niebla.

Pero ni siquiera en la plenitud del blanco se ha detenido la tentación del vacío o el deseo de seguir avanzando mas allá de la pintura, del muro, de la materia, hacia esa tiniebla ultima de los puertos coloniales ya resumidos en un nombre: Singapore, Barcelona, Uganda, Angola, fatigados nombres escritos sobre los sacos de café, en la profundidad de las bodegas, nombres casi borrados y rotos, NGAPORE, números y extraños signos que casi no son palabras, UCCAO, resplandecientes nombres de un Ultramar mas lejano que las fronteras del mundo, exaltados, aislados, abstractos como una caligrafía china: WHITE PEPPER, CAMEROU, sirenas de buques en la desolación de un anochecer que parecía exigirnos la vecindad del mar.

Ignoro cual ser el próximo paso de esa travesía: imagino que participaran en el la exaltación y el miedo, que esos sacos gastados con costuras como cicatrices y nombres de temibles ciudades son velos que se alzaran un día hacia otros abismos de la pintura, hacia regiones mas temerarias de la clarividencia y de la niebla.

Antonio Muñoz Molina

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